San Pedro y el gallo

Esta mañana salí a comprar a la verdulería de la esquina. Mientras el señor de bigote me pesaba los calabacines, entró una rumana pidiendo limosna.
– Si tenemos menos que tú, hija –le contesta el tendero, a lo que añade cuando ella se marcha- Mírala, si lleva más oro en la boca que en una joyería.
– Éstas no sé de qué se quejan, si reciben más ayudas que los de aquí –dijo en voz en grito una señora que ni le iba ni le venía y que estaba al fondo del establecimiento echando patatas en una bolsa.
El grado de simplismo que estaba alcanzando la conversación hizo que me retrajera, pagara mis 7,15 euros y me fuera. Al salir, el viento en la calle era tan intenso como mi nivel de amargura. Llevaba el camino de Pedro el apóstol y deseé que no hubiera ningún gallo cerca porque si no estaría a punto de cantar, pues esa semana había negado mis principios al menos en tres ocasiones.

Me pasó el otro día en la panadería que un inmigrante, de la India debía de ser (aunque no me hagáis mucho caso que no distingo los rasgos de según qué países), fue a pagar una bandeja de pasteles y cuando la dependienta le indicó que costaban 12 euros, puso pies en polvorosa.
– ¡Qué vergüenza! Mira que dejarte con la bandeja puesta, si no tienes dinero no entres a comprar –sentenció una clienta de pelo cardado, no sé si para congratularse con la joven rubia o para darle alas al cotilleo, vete tú a saber.
Nadie le contestó, ni para mal ni para bien, solo encontraron sus palabras una cara de aceptación en la dependienta, pero yo me quedé con un regustillo a huevo podrido que no me quité en toda la mañana. No es la primera vez que me pasa eso de no decir lo que piensas en ese preciso momento y arrepentirte más tarde por ello, ¡qué rabia!.

Y es que en el tema de la inmigración predomina el simplismo y la demagogia y hay una serie de frases que de tanto afirmarlas han terminado por convertirse en verdades incuestionables. Que si la inmigración se lleva todas las subvenciones públicas; que si la delincuencia ha crecido por su culpa; que si nos quitan el trabajo; que si no tienen educación; que si nos están invadiendo… Ya hemos encontrado a los responsables del agujero de la capa de ozono, pues todo el mundo sabe que los negros usan tanta laca que no les queda un duro para alimentos, o crees que ese pelo puede ser natural. Estos estereotipos que la cultura acepta como normales, pueden desmontarse uno a uno con un poco de paciencia, tiempo y algunos datos, pero es más costoso, no interesa y, además, ya hemos pasado de la etapa en la que el racismo era políticamente incorrecto a la de decir sin tapujos lo que en el fondo uno piensa.

Resulta que al día siguiente cambié de panadería y me acerqué a la de la calle de atrás. No sé si el tema me perseguía, tuve un déjà vu o Ed Harris me espiaba como en El show de Truman, pero lo cierto es que la panadera comentaba a un jubilado lo rápido que habían abierto el locutorio de al lado. -Seguro que no pagan ni siquiera impuestos, aseguró. Me di media vuelta dispuesta a, o bien dejar de comprar en las tiendas del barrio, o bien a no callarme más ante el del bigote, la joven rubia, la de pelo cardado, la que compra patatas o cualquier otra panadera de los alrededores. Si Pedro llegó a ser la piedra sobre la que se edificó la Iglesia después de la que lió con el gallo, yo al menos aspiro a ser perdonada por mi cómplice silencio.

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