Como un desecho humano

Los primeros meses de desempleo, en los que pasé largas jornadas en un interesante curso de formación, me sabía con las riendas de mi vida. La opción se tornó obligación y, cuando quise entrar de nuevo al mercado de trabajo, me encontré a miles de personas que salían. Tenía la sensación de ser la única que caminaba en contradirección en una calle multitudinaria.

Como me quedaban reservas para tirar unos cuantos meses, me tranquilicé con una inyección de autoestima, marcándome de plazo hasta el verano. Septiembre parece un mes de inicios, curso nuevo, vida nueva. Fui capaz de estirar el tiempo hasta diciembre, ya se sabe, año nuevo, vida nueva.

Pero se amontonaban las señales que me anunciaban que la cosa no marchaba nada bien. La primera fue que pasé de la visita dominical a casa de mis padres a acercarme a comer todos los días acabados en «s». Él y ella contentos, demostrándose fieles seguidores de la parábola del hijo pródigo. Mi congelador contento, repleto de mini dosis de lentejas, cocido, albóndigas, alubias y todo tipo de sopas. Llegó a colgar durante semanas el cartel de «Completo».

La segunda señal vino de la mano de Ana Rosa. Empecé almorzando a su lado, pasé a tenerla de fondo de mi actividad diaria y terminé zapeando entre Susana Griso, Mariló Montero y la Campoy. Aprendí lo que es un develope con Fama y me enganché a Amar en tiempos revueltos más que a una telenovela latinoamericana. La vida de otra gente era mi refugio, lo zafio me hacía olvidar que ya no tenía las riendas de la mía.

Otras tantas señales, casi imperceptibles miradas de forma aislada, completaban mi panorama. Cambié el cine por el alquiler en videoclub (o la nueva posibilidad de película sin cortes publicitarios que ofrece la 1); acumulaba azucarillos de los bares, enteros o simplemente sin terminar, todos me servían; tenía cambios de humor comparables a los niveles hormonales de una embarazada, el júbilo, el mal humor y el llanto se entremezclaban sin orden ni concierto.

Una tarde, mientras saboreaba lentamente el dulzor del chocolate acompañado de ese toque amargo, fui reparando en cada una de esas señales. Acabé con la tableta, bocado a bocado. Tengo que hacer algo.

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