Dejar escapar

Salía frustrada de ver una buena obra de teatro. La emoción me recordaba que nunca quise bajarme del escenario. Fue la falta de tesón o las circunstancias o el no rebelarme contra ellas. Esa etapa queda borrosa porque el dolor que me provoca me impide recordarla. Con la mano aparté bruscamente las lágrimas y al tomar impulso para bajar los escalones me topé con él. No lo esperaba, y mucho menos en la puerta del teatro. Había venido a recoger a su madre.

– Ya no vivo con ella -se justificó-, es que tan tarde no quedan autobuses para volver a su casa.

– Ni a la mía -pensé en voz alta.

– Te acerco, no me cuesta nada.

Su madre tenía una de esas bellezas maduras, con arrugas que no ocultaba, y una conversación cálida con la que traslucía inteligencia y saber estar. Tenía su misma sonrisa, aquella que me regalaba cuando en el trabajo nos cruzábamos por el pasillo. Cada mañana me hacía la encontradiza para robarle un buenos días. Cada noche, para conciliar el sueño, inventaba historias con él a mi lado. Fue lo que más me costó abandonar de aquella oficina.

– Hemos llegado.

Tan solo alcancé a darle las gracias y recuerdos para los del trabajo.

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