Carta a un señor cualquiera del metro

Que ya hemos conseguido la igualdad, dice un tipo a otra en el metro. Que no sabe a qué viene tanta manifestación, tanta protesta feminista de camionera lesbiana, a lo que sigue una retahíla de tópicos que no hace otra cosa que reflejar su ignorancia supina. En deferencia al necio, copio literal la definición de la Real Academia Española: “La que procede de negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse”.

Porque debe saber usted que las mujeres seguimos trabajando fuera y (sirviendo) dentro de casa, recogiendo a nuestra descendencia en la puerta del colegio, cuidando a nuestros padres mayores o enfermos y aguantando que se nos presente como objeto sexual, se nos ponga un velo, se nos mutile genitalmente, se nos pague menos y se nos den los peores trabajos. Todo ello sin apenas despeinarnos y teniendo que estar siempre estupendas.

Qué se puede esperar de un mundo que todo lo que toca lo mercantiliza. De un sistema que desvirtúa todo lo que no tiene un valor de mercado. Pero si hay algo revolucionario podemos aportar las mujeres de nuestra educación para el cuidado y el servicio, es la capacidad amar, que no es otra cosa que la de tratar de hacer un poco más feliz a la gente que nos rodea.

El altavoz del metro anunció mi parada, me acerqué a la puerta, y antes de que se abriera, me giré hacia el tipo, le sonreí y aproveché para invitar a la manifestación del Día de la Mujer Trabajadora a su compañera.

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