Cuentos de mujeres, retazos de vidas singulares

Se despertó desconcertada, sin tener muy claro el lugar en el que dormía. La vejez tiene estas cosas. Los recuerdos lejanos se vuelven nítidos, aunque se sueñen en blanco y negro, y la cena de la noche pasada se convierte en un misterio. Se giró para observar la cara que le acompaña desde hace más de cincuenta años. Espera no olvidarla. Le reconforta presentir que será la última imagen que se llevará a la tumba. No le da miedo pensar en la muerte, lo perdió al rebasar los ochenta.

Se levantó, se calzó las zapatillas y, al llegar a la puerta, escuchó a su espalda un cariñoso Doloricas. Así la había llamado siempre.

– Voy a preparar el desayuno, anda vente conmigo.

Lo hizo con la agilidad de un niño, olvidando el dolor de rodillas que ya le impide dar largos paseos por la playa. Sabía que no recordaría cómo encender el fuego y poner a calentar la leche. No le importaba. Tampoco que le preguntara lo mismo tantas veces. Es más, se alegraba de poder sentarse con ella cada tarde en la puerta a tomar el fresco.

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