Lo que esperamos

Me compré uno de esos sujetadores de encaje a juego con unas braguitas que incluían liguero. Algo poco habitual, y poco meditado, por qué no decirlo. Esperaba una noche especial. Él me llevaría a un barecito de luces tenues. Descorcharíamos un vino y mantendríamos una de esas conversaciones interminables, hilada, sin huecos, de esas que embelesan y hacen que el camarero te mire fijamente porque tiene derecho a cerrar.

Pero no. Estabas cansado y querías ir a casa. Cenar cualquier cosa y tirarte en el sofá.

En ese preciso instante tuve una revelación. Arquímedes inmortalizó la expresión eureka cuando descubrió que si un cuerpo se sumerge en el agua, el volumen del cuerpo es igual a la cantidad de agua que sale del recipiente.

Eureka. Esa noche perfecta solo estaba en mi imaginación. Y, que yo sepa, nadie más tiene acceso a ella. Esperar a que se comporte exactamente como nos gustaría es una entelequia. Pensar que un extraño encantador se quedará encerrado conmigo en el ascensor y que, en la escasa media hora transcurrida hasta nuestro rescate, descubrirá algo especial en mí, solo está en mi imaginación.

Cada persona es ser en sí. Lo que debería ser, lo que queremos que sea, es una representación solo nuestra.

Subí a casa, me preparé un bocata y guardé la lencería para mejor ocasión.

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