Lo maravilloso nos hace hablar. Tiene que ver con el principio erótico. Nos dice que no estamos solos, que la vida es una corriente inmensa que compartimos no solo con los otros individuos de nuestra especie, sino con los animales y los bosques, con las dunas de los desiertos y los cielos salpicados de estrellas. Nuestro mundo ha dado la espalda a lo maravilloso y solo el dinero parece tener en él poder para dar valor a las cosas. Estos días el Gobierno ha anunciado una amnistía a los defraudadores. Por ella, no solo se les va a permitir sacar a la luz el dinero que ocultan, sino que se les premiará permitiendo que paguen por él un porcentaje muy inferior al que les corresponde. Es una medida excepcional, nos dicen, ya que el Estado necesita dinero. No importa saber de dónde viene el dinero, ni por qué lo han tenido escondido, todos se comportan como si este tuviera el poder de bendecir a los que lo tienen liberándoles de la culpa y la responsabilidad. Y no son solo algunos políticos y tecnócratas los que piensan así. La sociedad entera vive entregada al gran dios del dinero. Pueblos perdidos compiten entre ellos porque se ponga en sus verdes prados cementerios nucleares, los hortelanos venden sus tierras para construir bloques de viviendas que arruinarán la belleza de la costa, o comunidades como Madrid y Cataluña compiten por acoger en su territorio un emporio de casinos, privilegios fiscales, prostitución y profunda vulgaridad, y todo ello para conseguir que el dinero fluya a sus cuentas bancarias. No deja de hablarse del déficit, de la deuda, de las altas operaciones financieras, pero se evita hacerlo del sufrimiento de los que no tienen nada, de la pobreza creciente de jóvenes y ancianos, del envilecimiento del mundo. Tampoco se habla de la pérdida de esa capacidad de los hombres antiguos de transformar en relatos los mínimos acontecimientos de sus vidas. Es la maldición del dinero, que petrifica cuanto toca, como bien se explica en la historia del rey Midas. El relato abre el mundo, el dinero lo cosifica. Y lo maravilloso es vivir en un mundo sin cosas.
El relato completo del escritor Gustavo Martín Garzo, aquí.
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Maravilloso y rotundo, como siempre.
Gracias por tus artículos en los nuevos tiempos de silencio.
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