La economía no puede desprenderse de la ética #biencomún #ebc

“Noto unas expectativas muy elevadas, algo que me emociona”, así comenzó su conferencia, en La Nau de la Universitat de València, Christian Felber, creador de la Economía del Bien Común. Un modelo alternativo que, como toda teoría postmoderna, no nos presenta una idea nueva, sino que bebe de fuentes filosóficas como la ilustración, el cristianismo o el ecofeminismo.

El punto de partida es el valor de la dignidad humana, ese es el principio y fin de todo. Esta afirmación significa que todas las personas, por el mero hecho de serlo, tenemos un valor y que todas tenemos el mismo valor. Por eso, los derechos humanos son universales. Felber considera que en estos momentos estamos en una segunda generación de derechos que tienen como objetivo la satisfacción de necesidades de la ciudadanía. Esta es la misma finalidad que los libros de texto y las Constituciones de los países democráticos atribuyen a la economía y sobre la que hay un amplio consenso.

Sin embargo, Felber detecta tres contradicciones que propone superar. El primer cambio a abordar es el de poner la práctica económica en concordancia con lo aprobado en las Constituciones. El segundo, el de sustituir dos reglas del juego tóxicas para las empresas: el afán de lucro y la competencia, por la búsqueda del bien común y la cooperación. Por último, plantea modificar los indicadores a través de los que se mide actualmente el éxito económico: el PIB y el beneficio empresarial, porque si el objetivo es la satisfacción de necesidades, es claramente insuficiente. Por el contrario, deberíamos consensuar aquellos ítems que reflejen mejor la “Felicidad Interna Bruta”.

Esta nueva filosofía ya ha empezado a aplicarse en más de 200 empresas de su país natal, Austria, y ha empezado a extenderse a otros países europeos. En ellas se mide cómo aporta a las necesidades humanas su producto o servicio, las condiciones laborales, la igualdad de oportunidades, el grado de participación en la toma de decisiones o su huella ecológica. También se ha comenzado a implantar en algunos municipios que, además de hacerse estas preguntas en sus empresas municipales, miden el grado de satisfacción de la ciudadanía y dan pasos hacia una democracia más real.

Christian Felber no tiene prisa, sabe que es un proceso lento que debe experimentarse en espacios pequeños donde hay más posibilidad de construir, de forma democrática, estructuras que pongan en el centro a las personas y tengan como horizonte el bien común.

Foto | Amnistía Internacional Valencia

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