El Capital contra el Trabajo

José Luis Segovia | 2013

En los últimos 25 años, hasta la crisis, hemos crecido mucho, pero hemos generado una de las sociedades más desigualitarias de la Unión Europea. En ese contexto, la economía –ciencia de administrar recursos escasos para satisfacer necesidades– ha sido devorada por la crematística –arte especulativo de multiplicar las ganancias sin generar valor añadido–. Esto solo ha sido posible a base de olvidar los fines éticos a los que sirve la economía –ciencia instrumental–, de acabar sofocando las necesidades humanas y de olvidarnos de los derechos humanos de segunda generación. El primer sacrificado ha sido el trabajo, y, por consiguiente, el trabajador, que ha padecido una insufrible dualización: unos, cronificados en el desempleo con prestaciones cada vez más cortas y más escasas y otros, con más horas de trabajo, en peores condiciones y menos sueldo. En suma, el principio de «la primacía del trabajo sobre el capital» ha sido ninguneado. El trabajador [la trabajadora] es ahora un «recurso humano» más. La persona y sus necesidades han sido sofocadas por «los mercados». Con ello han emergido trabajadores prescindibles, incluso trabajadores pobres –el trabajo de muchas horas no garantiza la integración social y los derechos económicos y sociales–, parados crónicos y población sobrante. Unos tienen todo el tiempo del mundo sin tener que hacer y otros no tienen tiempo para nada. Un ataque a la dignidad de la persona en toda regla. Todo ello pone de manifiesto la perversión de este modelo irracional de crecimiento y la indecencia de seguirlo manteniendo.

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