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«La palabra y los hechos contra el escándalo de querer enmudecer la realidad»

La primavera pasada

marina sanmartín. | 3 Abr 2007 | 1 opinión

Ya es primavera.
Acaba de empezar.
Tarda más en hacerse de noche
y otra vez voy a buscarte entre la gente,
por las calles azuladas,
en un mar de tardes que no termina nunca.

Con las manos en los bolsillos del abrigo
siento que hay polen en el aire
y han vuelto, como siempre, las oscuras golondrinas.
Oscurece y me besas con los mismos labios,
entre las mismas sábanas sucias que te esperan.
Nos reímos.
Y me repito que tengo lo que quiero.

Pero no es igual que la primavera pasada,
cuando todo era nuevo
y tocarte teñía el día.
La luz del sol es más tenue.
Las noches, largas, se pierden en otro bar.

Hay un remolino que lo absorbe todo,
que lo tritura,
Que me habla de dudas a través de la ventanilla del taxi
mientras pasa deprisa la ciudad.

Esta madrugada,
por eso,
me he acordado de la primavera pasada
y de cómo te quería entonces.
Me he dicho que tal vez estamos envejeciendo.
Me he sentido triste.

Aún así, sé que me quedaré contigo.
Pase lo que pase.
Porque es lo que he elegido
Y no hay escapatoria

Última hora

marina sanmartín. | 9 Mar 2007 | 3 opinan

- No matarán a una mujer.
- Eso es una estupidez. Ya han matado a siete y de todas formas preferiría
no acabar aquí sola.

Dice esto y rompe a llorar. Sólo quedamos dos. Los secuestradores, armados y con pasamontañas, se mantienen fieles a su plan: han entrado en la embajada a las nueve de la mañana y nos han colocado contra la pared. No parecía importarles que fuésemos visitantes o empleados del cuerpo diplomático. Nos han contado. Al principio éramos 35, pero han dejado
salir a once escogiéndolos al azar.

El resto hemos sido conducidos a uno de los despachos con paredes de cristal de la planta baja, donde después de apartar los muebles a un lado nos han obligado a sentarnos en círculo sobre la alfombra. “Uno cada hora”, eso es lo que ha dicho el cabecilla, “y el que abra la boca o levante la mirada del suelo me lo va a poner fácil cuando tenga que elegir quién va a ser el primero en palmarla”. Sus propias palabras le han provocado una risa histérica; y sin explicarnos cuál era la causa de su acción ha salido al vestíbulo cerrando violentamente la puerta.

Los siguientes sesenta minutos han transcurrido en silencio. Con los ojos clavados en los zapatos rojos de tacón que llevaba la chica acurrucada a mi lado, me he sentido como un pez dentro de un acuario, envuelto en una soledad hermética, de mar. No han dejado de vigilarnos. Hacía calor. Las gotas de sudor me pesaban en los párpados cuando, por fin, a las diez en punto la puerta ha vuelto a abrirse. Se han escuchado algunos gemidos ahogados. Nadie quería llamar la atención, pero los zapatos rojos de tacón no han pasado desapercibidos.

El cabecilla se ha acercado hacia mí para, tan sólo a unos pasos de distancia, desviarse ligeramente a la izquierda.

- Mirad lo que voy a hacerle a esta puta y sabréis lo que os espera.

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El ‘tic tac’ de los relojes

marina sanmartín. | 2 Mar 2007 | ¿dejas tu opinión?

Padre duerme. Oye cómo respira. Lo hace con cierta dificultad. El aire se le enreda en los años y tarda más en entrar y salir.

Está viendo la televisión en la sala a oscuras cuando se descubre pensando en la boca entreabierta de su padre dormido; imagina la calidez embotada de su aliento casi anciano, los labios demacrados y la expresión vencida, ganada por el agotamiento. Siente repulsión. Sus propios pensamientos le producen asco.

Mañana cumple 30 años; 20 se los ha pasado sin escuchar el tiempo. Y Padre tiene la culpa. Siempre lo ha creído así. Padre es culpable de que los relojes se detuvieran, de que, desde niño, llegue tarde a todas partes y cualquier cosa le cueste un poco más que al resto. Incluso a la hora de irse a la cama, su cuerpo gordo y feo se retrasa en el proceso: Apaga la tele, arrastra los pies descalzos hasta el baño y se estremece al contacto frío y pegajoso de las baldosas. ¿Cuánto hace que no las limpian? Imposible calcularlo en minutos o en segundos; para él esas medidas no existen.

Se lava los dientes, orina y, sin tirar de la cadena, avanza por el pasillo hacia su habitación. Los techos son altos; las paredes gélidas; el piso está plagado de humedades y la luz de la lamparilla que enciende confiere al espacio un color vírico. Aún vestido, inicia la tarea de apartar uno a uno los quince muñecos de peluche que, dispuestos en el mismo orden del día anterior y del que vendrá, le observan con ojos de plástico desde la colcha de su cama. Los retira con un cuidado irracional, cogiéndolos con las mismas manos que ocasionalmente, cuando Padre le da dinero, acarician a las putas.

Mañana va a cumplir 30 años.

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Respirad hondo en medio de la nieve

marina sanmartín. | 5 Feb 2007 | 1 opinión

Nieve. Había nieve a los dos lados de la carretera cuando viajé a Valencia; y continuaba allí cuando volví. El paisaje era blanco, se ajustaba a todas las metáforas. Nos detuvimos en la misma área de servicio de siempre, quince minutos, lo justo para bajar del autobús, estirar las piernas y tomar un café. Hice exactamente eso. Después, como me sobraba algo de tiempo, abandoné el amplio comedor y, a pesar del frío, salí al aparcamiento.

Fuera, a excepción de un hombre que viajaba con un grupo del IMSERSO no había nadie: nosotros y la nieve. Los coches aparcados, los autobuses con las puertas abiertas, el asfalto asomándose irreductible, fragmentado, a través de la inesperada capa de hielo.

El hombre fumaba. Me dio fuego y le imité. No hablamos más. Miramos en silencio la tierra repentinamente inmaculada. Nos tragamos el humo de nuestros cigarrillos.

Era una mañana de invierno; una mañana en trayecto, a medio camino, todavía en ninguna parte, sin conocer a nadie, dejándome llevar.

Ahora he vuelto.

He descubierto en la librería que el olor a vieja es idéntico al de mi último amor; así que cada vez que una anciana del barrio de Salamanca se acerca a mí para interesarse por algún título, yo pienso en el sexo.

Está la ciudad; queda la Literatura, cuyo engaño me recuerda al de un bosque en penumbra, detrás del que no se esconde ningún castillo. Y permanece la posibilidad de escapar, la confianza en el último aliento aún no dado.

Salid del camino. Respirad hondo en medio de la nieve.

Volver

marina sanmartín. | 29 Ene 2007 | 4 opinan

Encontraremos muchas razones para marcharnos y mandarlo todo a la mierda si lo que deseamos en nuestro fuero interno es huir; de la misma manera, si lo que queremos es volver, no habrá nada que nos resulte más sencillo. Yo vuelvo ahora, a la una de la madrugada, tal vez porque Pedro Almodóvar acaba de llevarse con su “Volver“, entre otros, el Goya a la mejor película y al mejor director. No es la primera noche que paso en vela escuchando como Pedro recibe algún premio; y empiezo a pensar que hay algo mágico que nos une, una extraña complicidad cósmica que ata sus momentos de gloria a los de mi melancolía más intensa.

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María Antonieta

marina sanmartín. | 24 Ene 2007 | 2 opinan

Salgo del cine. He entrado de día; cuando abandono la sala ya ha oscurecido y las farolas están encendidas; los letreros luminosos destacan más. La calle, inmersa en el grueso ir y venir del invierno, está llena de gente sin tiempo para la primera sesión de un martes por la tarde; y de nuevo confirmo que disfruto de no tener nada que hacer si, a mi alrededor, todo el mundo continúa con horarios opresivos y obligaciones que cumplir, si nadie se detiene mientras yo me paro en seco y miro.

He visto María Antonieta por segunda vez.

Me gustó Los in translation y con María Antonieta Sofía Coppola no me defrauda. El planteamiento es frívolo. Los colores pastel inundan la pantalla y la música electrónica ambienta el baile de máscaras en la opera de París inmiscuyéndose en un escenario histórico que, en teoría, no debería haberle pertenecido. He leído algunas críticas que tachan de Snob y vacía la película. No estoy de acuerdo. Más bien al revés, la considero arriesgada, inteligente en su elección de no profundizar y conformarse con lo más fugaz de los personajes. La cinta es como ellos.

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Kafka en la orilla

marina sanmartín. | 12 Ene 2007 | 44 opinan

Empiezo ‘Kafka en la orilla’ en año nuevo, después de ver con mi hermana ‘Lo que el viento se llevó’ en un canal local. Cansadas de la televisión y sin ganas de salir, ella elige leer, quiere terminar cuanto antes una novela policíaca que no acaba de gustarle, ‘Almas grises’, de Claudel; y yo la imito.

En la portada de ‘Kafka en la orilla’ hay un gato verde. En 1905, Soseki Natsume publicó en la revista ‘Hototogisu’ el primer capítulo de una de las obras más importantes de la literatura japonesa, ‘Yo, el gato’. Cien años más tarde, Murakami, quién sabe si homenajeando a Natsume, se inventa a Kafka Tamura y a Nakata, un viejo extraño que tiene el don de hablar con los gatos y hacer que las cosas más absurdas caigan del cielo.

Comienzo la historia desde mi butaca, el primer día de enero: un domingo somnoliento en el que la tarde cae tejiendo en el patio de luces, entre las cuerdas de mi tendedero, un montón de sombras. Dentro de mi casa hace calor; la calefacción central del edificio siempre sobreactua. La lamparita de pantalla azul, que una amiga me dejó como recuerdo al abandonar la ciudad, ilumina a medias la salita minúscula. Y yo, con la resaca producida por el año que se ha ido, al llegar a la tercera o cuarta página leo: “Tu corazón es como un gran río crecido tras un periodo de lluvia. Los postes indicadores del camino están, todos sin excepción, sumergidos por la corriente, o tal vez hayan sido arrastrados a otro lugar oscuro. Y la lluvia sigue cayendo torrencialmente sobre el río. Y cada vez que veas en las noticias las imágenes de unas inundaciones pensarás: “sí, justo. Ese es mi corazón”.

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Babel

marina sanmartín. | 30 Dic 2006 | 13 opinan

Veo ‘Babel‘, de Iñarritu, y me recuerda a ‘Código desconocido’, de Haneke. Me gusta. Es viernes por la tarde y, después de dar una vuelta y comprarme un libro de Vila-Matas, que junto con Javier Marías integra el programa de mi asignatura pendiente por lo que a literatura española actual se refiere, acabo sola en unos conocidos cines de versión original del centro de Madrid.

La sala está llena, es el día del estreno. Como siempre, llego hiperpuntual y me convierto en la primera de la cola que se va formando detrás de mí. Todos tenemos entrada pero la sesión no es numerada y la tensión crece entre los que esperan; algo de lo que, afortunadamente, yo no me entero, gracias a Vila-Matas y su ‘Historia abreviada de la literatura portátil’, cuyo principio no me acaba de enganchar demasiado, aunque sí lo suficiente como para abstraerme de la impaciencia que me rodea.

Ya en la sala, cuando se apaga la luz e Iñarritu despliega su magia como un encantador de serpientes, caigo a sus pies y me dejo conmover por la cosmopolita ‘Babel‘: por su imagen en carne viva y su música desnuda, cargada de desaliento. Durante la proyección, incómoda con el dolor de los personajes, me pregunto si existir no es una garantía de sufrimiento; y pienso que nadie entiende nada, no por falta de formación, sino porque nuestra voluntad es cero.

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Pausa

marina sanmartín. | 15 Dic 2006 | 8 opinan

Después de morder la vida como una manzana ácida
o de ser feliz jugando con ella como un pez,
después de sentir con los dedos que el cielo es azul,
¿qué nos queda ya por esperar?
No el crepúsculo de los dioses sino un amanecer preciso
de sucios ladrillos grises y vendedores de periódicos gritando guerra.

Alborada. Poema de Louise MacNiece
utilizado por Silvia Plath para introducir sus Diarios.

Empiezo a tener pasado, me acuerdo de demasiadas cosas, y siento que me he vuelto mate. Eso me da miedo.

Escribo menos -es obvio-. Trabajo sin cesar. Los días pasan sin dejar ninguna huella, uno detrás de otro. Nada más.

El otro día vino D a la librería. No lo esperaba y su visita por sorpresa me trajo recuerdos de un tiempo demasiado reciente, que ya no está.

Salimos. Delante de una caña, en un bar del barrio, lejos de los locales a los que acudimos con frecuencia, le conté cómo me sentía y, aunque creo que me entendió, al despedirnos, cuando volví a quedarme sola, recuperé sin querer la tristeza que, durante apenas un par de horas, me había abandonado.

Tengo amigos, hago lo que me gusta, he elegido mi ciudad. Sin embargo atravieso un mar picado e inhóspito, perteneciente a un mundo abandonado. No hay ninguna luz. Sé lo que ocurrirá mañana. Podría dibujarlo en un papel con una venda tapándome los ojos. Acertaría.

La librería es roja y está repleta de libros enormes que me miran. Los cambio de lugar; juego con ellos; conscientemente permito que la arena del reloj caiga a una velocidad vertiginosa, paliativa.Y que nadie se lleve a engaño: sé que soy feliz. He aprendido algo: no existe la tragedia. No puede ser trágico lo que se repite hasta la saciedad. Sólo hay que tener paciencia porque, como en el caso del constipado, para este estado de letargo los antibióticos no sirven.

Mientras tanto, es Navidad. La iluminación de los grandes almacenes que hay al lado de mi casa es blanca, tirando a gris. Tenemos un calendario de Adviento en el escaparate y villancicos en el hilo musical. Nuestra clienta estándar es mujer, entre 50 y 70 años; generalmente protegida por un abrigo de piel; con mucho maquillaje y peinado de peluquería. Suele buscar regalos para sus nietos. Le enseño libros troquelados, con dibujos de Disney o basados en cuentos clásicos. Mantengo su conversación. Pero por dentro navego a la deriva. Silvia Plath llamó una vez a sus Diarios “mi mar de los Sargazos“. Los estoy leyendo y allí es donde me encuentro.

La afirmación

marina sanmartín. | 29 Oct 2006 | 6 opinan

“Hay una verdad más profunda en la ficción porque la memoria es imperfecta”.

Lo dice Christopher Priest en La afirmación, escrita en 1981 y publicada por Minotauro. Yo le creo.

Los días pasan iguales, llenos de acciones y encuentros repetidos; construyendo ciclos demasiado obvios para el que se moleste en mirar atrás. Y en los trayectos, mientras espero el verde del semáforo o la llegada del autobús, ahora que con la cercanía del invierno empieza el frío, pienso en volver a escribir y siento que no estoy preparada. No tengo ganas, aún no me han pasado suficientes cosas. Me basta con sentarme cerca de la ventanilla y adivinar el paisaje fugaz, jaspeado por culpa de la lluvia. Atravieso un periodo de letargo.

Peter Sinclair, el protagonista de la novela, reinventa su historia y empieza compartiendo con el lector su única certeza: “Me llamo Peter Sinclair, soy inglés y tengo, o tenía, veintinueve años”.

Poco más sabemos. ¿Qué nos dice lo que hemos vivido, los recuerdos que no conservamos intactos, sino tamizados por el aura caprichosa del paso del tiempo y nuestra propia percepción? ¿Qué nos cambia?

Al construir un relato con personajes, circunstancias y espacios que no existen, hablo de mí. Nuestra identidad nos limita, nos hace prisioneros de nosotros mismos.

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Yo paro | 29 septiembre 2010La portada que jamás publicará FortuneManifestación María José CarrascosaRed s@osteniblePor el regreso al Sáhara de Aminetu HaidarNo acepto vuestras disculpas

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