Educar ciudadanos en la Sociedad de la Diversión
abraham. | 10 Ago 2007
Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación Étnor.
Es el nuestro un insólito país. En ningún otro ha merecido una modesta materia de la enseñanza no universitaria el honor de ser reconocida por sus iniciales: EpC. Educación para la Ciudadanía. Nada menos. Como la ONU, la OMS o el FMI. EpC junto a todas ellas. ¿Por qué este dislate?
Porque parece que en implantarla nos va la condenación o la salvación. Según algunos sectores, los niños que la cursen caerán en el relativismo contumaz, en la “ideología de género”, y quedarán incapacitados para cualquier vislumbre de trascendencia. Otros sectores aseguran, por el contrario, que quienes estudien EpC serán ciudadanos activos, responsables y solidarios, dechado de virtudes cívicas, conocedores de las instituciones políticas y de las declaraciones de derechos humanos.
Ante una situación semejante, ¿piensa alguien en serio que una hora semanal, aunque se distribuya en distintos cursos, va a tener unas consecuencias tan demoledoras o tan constructivas?
Por nuestra buena salud mental, confío en que no, en que nadie cifre su esperanza de futuro en una materia impartida en las aulas. Entre otras razones, porque -como recordaba Enrique Gil Calvo en un reciente curso en la UIMP de Valencia- lo esencial es no aislar el aula, no separarla del patio de juegos. Y yo añadiría: no separarla del patio ni tampoco de la casa. Se trataría entonces de impulsar entre estos tres lugares esos juegos de suma positiva en los que todos salen ganando, en vez de empeñarse en juegos de suma cero, aquellos en los que lo que unos ganan lo pierden otros. Si lo que gana la escuela lo pierden los padres o viceversa, mal futuro. Pero peor aún si lo que gana el patio lo pierden los padres y la escuela.
Se titulaba el curso al que me refiero Educar para la ciudadanía en la sociedad de la diversión, y creíamos los organizadores que el caballo de batalla se encontraba en la segunda parte del rótulo. Vivimos en la Era del Acceso, de las Biotecnologías o del Consumo, pero también -qué duda cabe- en la Sociedad de la Diversión. Y quien se proponga educar para que niños y adolescentes sean gentes preocupadas por construir su vida en solidaridad, preparadas para reclamar sus derechos y para pechar con sus responsabilidades, conscientes de que el horizonte de la ciudadanía es cosmopolita, tendrá que empezar por darse cuenta de que todo esto hay que hacerlo en una sociedad que no ayuda a ello, sino todo lo contrario. En una sociedad que valora ante todo el espectáculo, el tiempo libre, el juego, el deporte, el consumo, los nuevos gregarismos (botellón, tatuajes, piercing), y da la espalda al esfuerzo, al trabajo constante, al compromiso asumido responsablemente para el largo plazo. ¿Cómo forjar con estos mimbres una ciudadanía preocupada porque su sociedad -local y mundial- sea justa?
Mientras seguimos discutiendo sobre una materia escolar, preguntando si son galgos o podencos, la casa sin barrer y la pregunta sin responder. Y no sólo porque andamos en el furgón de cola del éxito escolar, que también los parámetros de medida hay que interpretarlos, sino sobre todo porque educar para ser ciudadanos en la Sociedad de la Diversión requiere vincular estrechamente el aula, el patio y la casa.
El aula, la Escuela, educa moralmente, se lo proponga o no, en cuanto el profesor traspasa el umbral de la clase, asume una actitud u otra y enseña de una u otra forma; pero también en cuanto el claustro toma unas decisiones y relega las restantes. A fin de cuentas, vivir es ir tomando decisiones día a día, y decidir es preferir unos valores frente a otros: decidir es priorizar valores, optar por los que hemos situado en el lugar preferente de nuestra jerarquía, lo sepamos o no. Por eso importa cultivar esa facultad para degustar los mejores valores, que Ortega llamó “estimativa”, facultad de estimar.
La Escuela educa moralmente, con intención o sin ella, y conviene que los valores que quiera transmitir sean los compartidos por la ética de los ciudadanos, modulable según las distintas éticas de máximos, según los diversos idearios de los centros, sean religiosos o seculares. Hace ya muchos años surgió un debate en nuestro país sobre si los creyentes pueden ser ciudadanos. Como si hubiera que construir la idea de ciudadanía desde esa noción simple de ciudadano que prescinde de las diferencias y se queda con lo común a todos. Como si no hubiera que construir esa idea desde la noción de ciudadanía compleja, consciente de que las diferencias también son constitutivas de nuestra identidad. Claro que los creyentes pueden y tienen que ser ciudadanos, desde su especificidad, como todos los demás.
En lo que hace a la casa, educa sin duda, y los padres son decisivos en la formación de sus hijos. Pero tampoco conviene que lo hagan en solitario, como si no pudieran equivocarse al priorizar unos valores sobre otros. El mundo moral no es muy subjetivo, como creen los positivistas, no es esa esfera privada en la que algunos -demasiados- se empeñan en recluir los valores morales y religiosos. Es, por el contrario, muy intersubjetivo. Sobre él se puede y se debe hablar, los valores se pueden compartir, y es muy posible, afortunadamente, descubrir acuerdos.
Ciertamente, la vida es complicada y resulta difícil encontrar tiempo incluso para lo más importante. Pero hay que intentarlo y, en este sentido, es urgente que los padres intenten trabajar codo a codo con los profesores en la educación de los hijos, en vez de ir a la escuela sólo para reclamar que les suban la nota.
Pero todo esto hay que hacerlo desde el patio, desde ese lugar en que niños y niñas juegan, se enamoran, fuman porros, pasan las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, se apuntan a una acampada o se enrolan en una organización cívica. La reflexión sobre esa vida ha de ocupar espacios tanto en el hogar como en la escuela, desde ese juego de “todos ganan”, realmente decisivo para educar en la justicia y proyectar la vida buena.
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Tribuna de opinión publicada (de pago) en el diario El País.


Parece ser que este artículo es copia del publicado en el Pais por la ilustre catedrática de la Universidad de Valerncia Adela Cortina.
Partiendo de la base de que, como se afirma, la sociedad no ayuda a la “educación” (cualquiera que sea la interpretación del término), creo que se reflejan varias afirmaciones opinables como que el aula educa (o deseduca?) moralmente o que la moral no es “muy” subjetiva (intersubjetiva?).
Y aqui viene el meollo de la cuestion: en la EpC, contrariamente a lo que creen algunos, y segun se deduce de los contenidos publicados en el BOE, se trata de formar la concienia moral de los alumnos de una manera que deja en pañales la denostada Formación del Espíritu Nacional, (en la que por cierto se hablaban de términos como patria, justicia conmutativa, distributiva, social, etc. facilmente asumible por cualquiera).
Como ejemplo, uno de los multiples criterios de evaluación impuestos por el Estado en esta asignatura seria el “rechazo, de situaciones (reales o ficticias)de discriminación hacia personas de diferente origen, género, ideología, religión, orientación afectivo-sexual y otras”.
La ideología de género como tal no es compartida por muchos, y no se explica por qué todos los escolares se han de educar en la misma. Yo por ejemplo seria tachado de “homofobo” inmediatamente, porque no me gusta nada la homosexualidad (que le vamos a hacer).
En definitiva, que la EpC no es un tema de menor importancia como parece dar a entender el articulo por estar dirigido a escolares en pleno desarrollo de sus facultades y capacidad de decisión. Lo que se debiera hacer para avanzar desde el furgon de cola en que nos coloca el informe PISA sobre educación en Europa opino sería mejorar los aspectos pedagogicos, contenidos y parámetros de evaluación escolar de las enseñanzas digamos “tradicionales”: lenguaje, matemáticas, idiomas, ciencias, etc.
La formación moral no se puede dar a golpe de Real Decreto, y menos si quien la da no la tiene y/o está impregnado de un fuerte contenido ideológico.
Si la formacion moral no la pueden imponer a golpe de decreto los inmorales e ideologizados socialistas… ¿quien la va a dar? ¿los castos y moralmente intachables (y no ideologizados) del PP?
Vamos, Antonio. Que se te ve el plumero.
Por cierto, si quieres que españa este entre los paises de cabeza del informe PISA es muy sencillo: Vuelve al pasado y acaba con la inquisicion, resucita a Miguel Servet, permite la reforma protestante, consigue que españa se una de forma entusiasta a la revolucion francesa y haz que se estrelle el dragon rapide en medio del mar para que la “institucion libre de enseñanza” permanezca hasta nuestros dias.
Y si has conseguido todo eso, tambien tendras poder para hacer que exuperancia nos muestre mas claramente la cara de Pedro J en el video.
No veo claro que tiene que ver Miguel Servet, la reforma protestante o la Revolución Francesa (para los de la LOGSE, se escribe con mayúscula los nombres de épocas, acontecimientos históricos, movimientos religiosos, políticos o culturales) para que mejore la educación escolar en España (para los de la LOGSE, tambien se emplean mayúsculas en nombres geogáficos ;-)
Ahora, eso sí, es esencial que el video de la Exuperancia (para los de la LOGSE, nombre propio, con mayúscula) exhiba (para los de la LOGSE, muestre, enseñe..) la cara de estupor/tonto de Pedro Jota.
Estimado Antonio:
Solo digo que los paises que no quemaron a sus cientificos por herejes, los que removieron los cimientos de sus sociedades con la Reforma o la Revolucion estan en cabeza de la educacion en Europa.
Respecto a lo de Exuperancia, solo lo dije porque supuse que leias El Mundo. Si no es asi, te pido disculpas.
Por cierto, el qué de “No veo claro que tiene…” lleva acento (eso se da en la LOGSE?).
[...] La cultura del éxito (valor en auge), en nuestra sociedad de la diversión, está reñida con la solidaridad. [...]
[...] Article d’Adela Cortina publicat al País. http://www.otromundoesposible.com/?p=135… [...]