SuperLola

SuperLola es un cuento coeducativo protagonizado por una niña valiente que quiere ser superheroína. Ella sueña con un mundo mejor en el que todas las niñas y niños sean libres para ser lo que quieran…

Cuento creado y escrito por Gema Otero Gutiérrez. Ilustrado y animado por Juan Antonio Muñoz Berraquero. Música producida por Shrimpy. Narrado por Lola Núñez Otero (SuperLola).

Aquí, dispones de una guía didáctica que ofrece claves y herramientas para reflexionar con el alumnado sobre el valor de la igualdad, el respeto a la diferencia y la resolución pacífica de conflictos, la libertad, el compañerismo, la autoestima, la autonomía y el empoderamiento, el gusto por la lectura, la libre expresión de emociones y las relaciones afectivas saludables e igualitarias.

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Nos la dio a conocer @montserratboix

 

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He dejado de escribir

 
te llevaste las teclas, el ratón, las ganas. Y ahora me armo de la suficiente cerveza como para diluir el dolor. Anoche subiste al ascensor y nos quedamos encerrados durante largos minutos. Demasiado tópico hasta para un sueño.

Tanto como las simples canciones de amor que suenan por la radio. No muero por ti, no te necesito, no me falta el aire. Respiro hondo, cierro los ojos y solo echo de menos la taza de café que me preparas cada la mañana, estirar la pierna y rozarte en la cama.

Sé que terminaré olvidando tu olor

quizás también volviendo a escribir

Emma

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Lo que esperamos

Me compré uno de esos sujetadores de encaje a juego con unas braguitas que incluían liguero. Algo poco habitual, y poco meditado, por qué no decirlo. Esperaba una noche especial. Él me llevaría a un barecito de luces tenues. Descorcharíamos un vino y mantendríamos una de esas conversaciones interminables, hilada, sin huecos, de esas que embelesan y hacen que el camarero te mire fijamente porque tiene derecho a cerrar.

Pero no. Estabas cansado y querías ir a casa. Cenar cualquier cosa y tirarte en el sofá.

En ese preciso instante tuve una revelación. Arquímedes inmortalizó la expresión eureka cuando descubrió que si un cuerpo se sumerge en el agua, el volumen del cuerpo es igual a la cantidad de agua que sale del recipiente.

Eureka. Esa noche perfecta solo estaba en mi imaginación. Y, que yo sepa, nadie más tiene acceso a ella. Esperar a que se comporte exactamente como nos gustaría es una entelequia. Pensar que un extraño encantador se quedará encerrado conmigo en el ascensor y que, en la escasa media hora transcurrida hasta nuestro rescate, descubrirá algo especial en mí, solo está en mi imaginación.

Cada persona es ser en sí. Lo que debería ser, lo que queremos que sea, es una representación solo nuestra.

Subí a casa, me preparé un bocata y guardé la lencería para mejor ocasión.

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El tiempo de la igualdad

El 8 de marzo debería llamarse el Día en el que Dejan en Paz a las Mujeres, porque ser mujer a veces agota. Me imagino un solo día en el que las mayores de 18 años nos alejamos del mundanal ruido y llegamos a un universo paralelo, se me ocurre un polideportivo como los que adecuan ante el peligro inminente de alguna catástrofe natural. Un tiempo excepcional en el que poder charrar sin mirar de reojo el reloj, en el que poder leer sin sentirse culpable por no haber tendido la ropa, en el que dejar de cuidar.

Todas sabemos que no podría durar mucho, no solo porque los sueños terminan con el primer rayo de luz que entra por la rendija de la ventana, sino porque seríamos incapaces, no sé si por nuestra naturaleza o porque le ponemos voluntad. Así que solo nos queda una salida: compartir la carga para que sea más ligera y nos permita inhalar profundamente el aire y respirar tan fuerte que traigamos el mundo de esta parte.

descubre tu valor
ama sin miedo a la soledad
pacta tu relación

busca cada día ser feliz,
aprendiendo a cuidar también de ti
sin olvidar que solo puedes hacerlo
con los demás
desde las demás,

mujer trabajadora

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Dulce Navidad

12 campanadas que consigo acompasar con 12 uvas. Otro año que finaliza sin atragantamientos. Desde que tengo memoria me he comido todas las uvas. Miento. Alguna vez mientras quitaba las pepitas, disimulando, he partido en dos algún que otro grano. No hay nada más penoso que intentar engañarse a una misma.

Esta noche ceno en casa de mi abuela junto a casi toda mi tribu. Mi mejor amiga acaba de echarse novio y está en ese momento en el que no existe nadie más, espero que se le pase pronto y podamos volver a salir juntas a emborracharnos. Me descuidé y cuando volví del aseo de cambiarme el tampax, solo quedaba un sitio al lado de mi tía devora marisco. Además del don de acabar con el plato de la quisquilla cuando tú vas por la segunda, es capaz de cantar en cualquier celebración familiar un tema ajustado al evento. Se entiende, villancico en Navidad, jotas en la fiesta de la patrona de Zaragoza, Blanca y radiante va la novia en cualquier boda, saeta en Semana Santa y así sucesivamente. Lo curioso es que hasta llegar a los cánticos, que suelen ser en los postres, una vez que el vino le entona la voz, no te dirige la palabra. Obviamente, está muy ocupada acumulando cáscaras en el plato.

Enfrente, mi prima mayor se compadece de que con mi edad no tenga novio, lo que suscita un amplio comentario y todo tipo de consejos por toda la mesa. Cuando creí cerrado el tema, me preguntaron por el resto de amigas que no me acompañaban en una ocasión tan señalada, lo que sirvió de entretenimiento hasta bien entrado el segundo plato.

Tras la retransmisión de las campanadas, los besos, brindis y demás agasajos, se apaga la luz y aparece mi madre con una tarta, mientras mi tía devora marisco arranca a cantar cumpleaños feliz. Hace unos cuantos años que mi pobre madre se quedó sin tomar las uvas a causa de unas dolorosas contracciones que le anunciaban mi llegada, creo que por eso es una devota de las celebraciones. Aún me tocó tragarme en la pantalla a un sinfín de sórdidos cantantes del momento que había grabado el especial navideño cuando todo el mundo estaba todavía en la playa.

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BSO

Hay canciones que nos evocan recuerdos íntimos. No por privados, sino porque solo nuestra mente es capaz de reproducir esas sensaciones que nos dejaron huella.

Escucho los primeros acordes de Yo pisaré las calles nuevamente, cierro los ojos, y me encuentro cantando ese tema de Pablo Milanés en un viejo coche por las calles de La Habana. Apretujados, con las ventanillas bajadas, el viento golpeando la cara. Siento la felicidad experimentada en esos momentos.

Si lo piensas bien, toda nuestra vida tiene su propia banda sonora.

Las primeras canciones de la infancia.

Los temas más variopintos de la convulsa adolescencia.

La canción que nos arranca una lágrima.

La que nos levanta el ánimo.

La que cantamos a voz en grito cuando estamos a solas.

La que susurramos.

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Cuentos de mujeres, retazos de vidas singulares

Se despertó desconcertada, sin tener muy claro el lugar en el que dormía. La vejez tiene estas cosas. Los recuerdos lejanos se vuelven nítidos, aunque se sueñen en blanco y negro, y la cena de la noche pasada se convierte en un misterio. Se giró para observar la cara que le acompaña desde hace más de cincuenta años. Espera no olvidarla. Le reconforta presentir que será la última imagen que se llevará a la tumba. No le da miedo pensar en la muerte, lo perdió al rebasar los ochenta.

Se levantó, se calzó las zapatillas y, al llegar a la puerta, escuchó a su espalda un cariñoso Doloricas. Así la había llamado siempre.

– Voy a preparar el desayuno, anda vente conmigo.

Lo hizo con la agilidad de un niño, olvidando el dolor de rodillas que ya le impide dar largos paseos por la playa. Sabía que no recordaría cómo encender el fuego y poner a calentar la leche. No le importaba. Tampoco que le preguntara lo mismo tantas veces. Es más, se alegraba de poder sentarse con ella cada tarde en la puerta a tomar el fresco.

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Carta a un señor cualquiera del metro

Que ya hemos conseguido la igualdad, dice un tipo a otra en el metro. Que no sabe a qué viene tanta manifestación, tanta protesta feminista de camionera lesbiana, a lo que sigue una retahíla de tópicos que no hace otra cosa que reflejar su ignorancia supina. En deferencia al necio, copio literal la definición de la Real Academia Española: “La que procede de negligencia en aprender o inquirir lo que puede y debe saberse”.

Porque debe saber usted que las mujeres seguimos trabajando fuera y (sirviendo) dentro de casa, recogiendo a nuestra descendencia en la puerta del colegio, cuidando a nuestros padres mayores o enfermos y aguantando que se nos presente como objeto sexual, se nos ponga un velo, se nos mutile genitalmente, se nos pague menos y se nos den los peores trabajos. Todo ello sin apenas despeinarnos y teniendo que estar siempre estupendas.

Qué se puede esperar de un mundo que todo lo que toca lo mercantiliza. De un sistema que desvirtúa todo lo que no tiene un valor de mercado. Pero si hay algo revolucionario podemos aportar las mujeres de nuestra educación para el cuidado y el servicio, es la capacidad amar, que no es otra cosa que la de tratar de hacer un poco más feliz a la gente que nos rodea.

El altavoz del metro anunció mi parada, me acerqué a la puerta, y antes de que se abriera, me giré hacia el tipo, le sonreí y aproveché para invitar a la manifestación del Día de la Mujer Trabajadora a su compañera.

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Dejar escapar

Salía frustrada de ver una buena obra de teatro. La emoción me recordaba que nunca quise bajarme del escenario. Fue la falta de tesón o las circunstancias o el no rebelarme contra ellas. Esa etapa queda borrosa porque el dolor que me provoca me impide recordarla. Con la mano aparté bruscamente las lágrimas y al tomar impulso para bajar los escalones me topé con él. No lo esperaba, y mucho menos en la puerta del teatro. Había venido a recoger a su madre.

– Ya no vivo con ella -se justificó-, es que tan tarde no quedan autobuses para volver a su casa.

– Ni a la mía -pensé en voz alta.

– Te acerco, no me cuesta nada.

Su madre tenía una de esas bellezas maduras, con arrugas que no ocultaba, y una conversación cálida con la que traslucía inteligencia y saber estar. Tenía su misma sonrisa, aquella que me regalaba cuando en el trabajo nos cruzábamos por el pasillo. Cada mañana me hacía la encontradiza para robarle un buenos días. Cada noche, para conciliar el sueño, inventaba historias con él a mi lado. Fue lo que más me costó abandonar de aquella oficina.

– Hemos llegado.

Tan solo alcancé a darle las gracias y recuerdos para los del trabajo.

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Como un desecho humano

Los primeros meses de desempleo, en los que pasé largas jornadas en un interesante curso de formación, me sabía con las riendas de mi vida. La opción se tornó obligación y, cuando quise entrar de nuevo al mercado de trabajo, me encontré a miles de personas que salían. Tenía la sensación de ser la única que caminaba en contradirección en una calle multitudinaria.

Como me quedaban reservas para tirar unos cuantos meses, me tranquilicé con una inyección de autoestima, marcándome de plazo hasta el verano. Septiembre parece un mes de inicios, curso nuevo, vida nueva. Fui capaz de estirar el tiempo hasta diciembre, ya se sabe, año nuevo, vida nueva.

Pero se amontonaban las señales que me anunciaban que la cosa no marchaba nada bien. La primera fue que pasé de la visita dominical a casa de mis padres a acercarme a comer todos los días acabados en “s”. Él y ella contentos, demostrándose fieles seguidores de la parábola del hijo pródigo. Mi congelador contento, repleto de mini dosis de lentejas, cocido, albóndigas, alubias y todo tipo de sopas. Llegó a colgar durante semanas el cartel de “Completo”.

La segunda señal vino de la mano de Ana Rosa. Empecé almorzando a su lado, pasé a tenerla de fondo de mi actividad diaria y terminé zapeando entre Susana Griso, Mariló Montero y la Campoy. Aprendí lo que es un develope con Fama y me enganché a Amar en tiempos revueltos más que a una telenovela latinoamericana. La vida de otra gente era mi refugio, lo zafio me hacía olvidar que ya no tenía las riendas de la mía.

Otras tantas señales, casi imperceptibles miradas de forma aislada, completaban mi panorama. Cambié el cine por el alquiler en videoclub (o la nueva posibilidad de película sin cortes publicitarios que ofrece la 1); acumulaba azucarillos de los bares, enteros o simplemente sin terminar, todos me servían; tenía cambios de humor comparables a los niveles hormonales de una embarazada, el júbilo, el mal humor y el llanto se entremezclaban sin orden ni concierto.

Una tarde, mientras saboreaba lentamente el dulzor del chocolate acompañado de ese toque amargo, fui reparando en cada una de esas señales. Acabé con la tableta, bocado a bocado. Tengo que hacer algo.

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