25N… no podía dormir

Anoche pude asistir a la manifestación contra la Violencia de Género que se celebra en mi ciudad en vísperas del 25N. No éramos muchos ni muchas, pero tampoco importó. Allí estábamos los y las que queríamos denunciar esta lacra machista. Emma, autora de esta bitácora, andaba entre nosotros, había llegado a Valencia hace unos días. A ella le tocó leer el testimonio, hecho cuento, de una mujer que fue víctima. Y se llenó, la Plaza del Ayuntamiento se llenó de sensaciones y emociones, de solidaridad, de rabia… Esa historia, que algunas veces he leído, tuvo un fuerte impacto. Poner voz a las víctimas es, sencillamente, un altavoz imposible de callar. Yo también me emocioné, y violeta y… por es os lo dejo aquí otra vez. Léelo despacio y que te sirva para sumarnos a los actos de rechazo a la violencia machista hacia las mujeres.

No podía dormir | Emma

Tuve que levantarme de la cama, encender la luz de la cocina y beberme un vaso de agua. Necesitaba alejar de mi mente esa imagen tuya con la cara deformada en la sala del hospital. Parecía la foto de un fiambre en la camilla de autopsias. Y en realidad un poco muerta sí estabas, de miedo, de angustia, de rabia, de vergüenza.

Le dijiste que ya no querías seguir a su lado y te respondió calculando fríamente tu asesinato. Tu cuerpo, casi inerte por la falta de oxígeno, fue capaz de revolverse y alcanzar a revelar su cara. No soportó el dolor de tu mirada. Ese instante te salvó la vida.

No necesito saber los detalles. Llevas marcada tu historia como el tronco de un árbol. Si te volvieran a cortar por la mitad se podría leer tu interior como hacen con los posos del café. Y no es que yo sea adivina, es que la mujer que ha sido víctima de violencia machista lleva una letra escarlata tan grande como pequeño es el lugar en el que habita.

Ahora ya ha pasado un tiempo. Ese que ayuda a curar y que te hace más fuerte. En él nos hemos encontrado. Poco a poco. Con un saludo, una conversación intrascendente, detrás de una pancarta, en la silla de al lado. Hasta el momento en el que te sentiste capaz de enseñarnos el sobre con los pormenores de tu caso. Entonces, la sororidad entre las mujeres que revisábamos documentos de declaraciones y fotos de pistas policiales se hizo patente una vez más.

“Un día quiero que cuentes mi historia”, me comentaste mientras bajábamos las escaleras. Lo haré cuando consiga dormir sin dejar de ver aquel retrato.

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Los tacones de Minnie

La música clásica sube los decibelios de mi desesperación. Conectada a los cascos, le doy volumen a ver si consigo acallar la frustración. Me pregunto cómo convivir con ella. La combato, la niego o me dejo vencer, depende de las fuerzas. He vuelto a escribir. Quizás como terapia, quizás porque tengo el tiempo que me has dejado. Mi mundo se había reducido y yo había permitido que así fuera. Ahora el vacío ha roto mi bloqueo, las palabras se atropellan en mi cabeza. Creo que las volcaré en estas líneas, simplemente para ver si las cosas toman un nuevo sentido.

A Minnie Mouse la crearon con tacones. De día o de noche, en el campo o en la ciudad, no ha conseguido quitárselos. Y ahí te ves a Mickey tan cómodo con sus pantumflas amarillas. Pero yo sí he podido. Me he bajado de los tacones, me he descalzado y camino por la fría arena. No soy un dibujo animado. Una vez escuché que no existen las medias naranjas, que cada una de nosotras, cada uno de nosotros, somos una naranja entera y que hasta que no logremos completarnos no encontraremos a otra naranja, o quién sabe si a una pera.

Cómo duele descubrirlo.
Casi tanto
como el idealizado recuerdo
de tu presencia
cada mañana.

Bajo el volumen, me quito los cascos, Tajabone merece escucharse como en un susurro.

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No podía dormir

Tuve que levantarme de la cama, encender la luz de la cocina y beberme un vaso de agua. Necesitaba alejar de mi mente esa imagen tuya con la cara deformada en la sala del hospital. Parecía la foto de un fiambre en la camilla de autopsias. Y en realidad un poco muerta sí estabas, de miedo, de angustia, de rabia, de vergüenza.

Le dijiste que ya no querías seguir a su lado y te respondió calculando fríamente tu asesinato. Tu cuerpo, casi inerte por la falta de oxígeno, fue capaz de revolverse y alcanzar a revelar su cara. No soportó el dolor de tu mirada. Ese instante te salvó la vida.

No necesito saber los detalles. Llevas marcada tu historia como el tronco de un árbol. Si te volvieran a cortar por la mitad se podría leer tu interior como hacen con los posos del café. Y no es que yo sea adivina, es que la mujer que ha sido víctima de violencia machista lleva una letra escarlata tan grande como pequeño es el lugar en el que habita.

Ahora ya ha pasado un tiempo. Ese que ayuda a curar y que te hace más fuerte. En él nos hemos encontrado. Poco a poco. Con un saludo, una conversación intrascendente, detrás de una pancarta, en la silla de al lado. Hasta el momento en el que te sentiste capaz de enseñarnos el sobre con los pormenores de tu caso. Entonces, la sororidad entre las mujeres que revisábamos documentos de declaraciones y fotos de pistas policiales se hizo patente una vez más.

«Un día quiero que cuentes mi historia», me comentaste mientras bajábamos las escaleras. Lo haré cuando consiga dormir sin dejar de ver aquel retrato.

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