Entrevista a Eric Hobsbawm sobre marxismo hoy, UE y crisis

Por su innegable interés tanto por los temas que aborda así como por la capacidad intelectual y de aprendizaje del  autor, copio y pego esta entrevista realizada por El blog de Beppe Grillo (IT) a Eric Hobsbawm para hablar del sobre el marxismo hoy, la Unión Europea y la crisis económica.

Eric Hobsbawm: Soy Eric Hobsbawm, un historiador muy viejo. Por casualidad os he llamado en el mismo día en que celebro mi cumpleaños 94. Durante toda mi vida escribí principalmente sobre la historia de los movimientos sociales, la historia general de Europa y del mundo en los Siglos XIX y XX. Pienso que todos mis libros están traducidos al italiano y algunos fueron hasta bastante bien recibidos.

Blog: ¿El marxismo puede ser considerado como un fenómeno post-ideológico?

E.H.: Yo no he usado exactamente la expresión “fenómeno post-ideológico” para el marxismo, aunque es verdad que, actualmente, el marxismo dejó de ser el principal sistema de ideas asociado a los grandes movimientos políticos de masas en toda Europa. A pesar de eso, pienso que sobreviven algunos pequeños movimientos marxistas. En este sentido, hubo un gran cambio en el papel político que el marxismo desempeña en la política de Europa. Hay otras partes del mundo, por ejemplo América Latina, en que las cosas no pasaron del mismo modo. A consecuencia de aquel cambio, en mi opinión, es que ahora todos podemos concentrarnos más y mejor en los cambios permanentes que el marxismo provocó, en las conquistas permanentes del marxismo.

Esas conquistas permanentes, en mi opinión, son las siguientes. Primero, Marx introdujo algo que fue considerado una novedad y que todavía no se realizó completamente, a saber, la creencia de que el sistema económico que conocemos no es permanente ni destinado a durar eternamente; que es apenas una fase, una etapa en el desenvolvimiento histórico que ocurre de un determinado modo y dejará de existir y convertirse en otra cosa a lo largo del tiempo.

Segundo, pienso que Marx se concentró en el análisis del específico modus operando, de la forma como el sistema funcionó y desarrolló. En particular, se concentró en el curioso y discontinuo modo a través del cual el sistema creció y desarrolló contradicciones, que a su vez producirían grandes crisis.

La principal ventaja del análisis que el marxismo permite hacer es que considera al capitalismo como un sistema que origina periódicamente contradicciones internas que generan crisis de diferentes tipos que, a su vez, tienen que ser superadas mediante una transformación básica o alguna modificación menor del sistema. Se trata de esta discontinuidad, de este asumir que el capitalismo funciona no como sistema que tiende a auto estabilizarse, sino que es siempre inestable y eventualmente, por lo tanto, requiere grandes cambios. Ese es el principal elemento que todavía sobrevive del marxismo.

Tercero, y considero que ahí está la preciosidad de lo que se podría llamar de fenómeno ideológico, el marxismo está basado, para muchos marxistas, en un sentido profundo de la injusticia social, de indignación contra la desigualdad social entre los pobres y los ricos y poderosos.

Cuarto y último, pienso que tal vez se debe considerar un elemento, que Marx tal vez no reconociese pero que estuvo siempre presente en el marxismo: un elemento de utopía. La idea de que, de un modo o de otro, la sociedad llegará a una sociedad mejor, más humana, de lo que es la sociedad en la cual todos vivimos actualmente.

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C (de crisis)

| Eric Hobsbawm | Vía sin premiso.

Existe una diferencia fundamental entre las tradicionales preguntas académicas sobre el pasado -“¿Qué ocurrió en la historia, cuándo y por qué?”- y la cuestión que en los últimos cuarenta años ha animado un cuerpo creciente de investigación histórica, concretamente, “¿Cómo lo siente o sentía la gente?” Las primeras sociedades para la investigación de la historia oral fueron fundadas a finales de los sesenta. Desde entonces el número de instituciones y obras dedicadas al “legado” y a la memoria histórica -especialmente sobre las guerras del siglo XX- han crecido de manera espectacular. Los estudios sobre la memoria histórica no son, esencialmente, estudios sobre el pasado, sino sobre la retrospectiva hacia el mismo desde algún tipo de presente posterior. The Morbid Age: Britain between the Wars, de Richard Overy, muestra otro acercamiento, más indirecto, a la textura emocional del pasado: la compleja arqueología de las reacciones populares contemporáneas sobre lo que estuvo sucediendo en y alrededor de sus vidas, lo que uno llamaría la música ambiental de la historia.

Aunque este tipo de investigación resulta fascinante, especialmente cuando se realiza con la curiosidad y sorprendente erudición de Overy, presenta al historiador problemas considerables. ¿Qué significa describir una emoción como característica de un país o de una época? ¿Cuál es el significado de una emoción generalizada, incluso de una directamente relacionada con hechos históricos dramáticos? ¿Cómo y hasta qué punto podemos medir su predominio? Las encuestas, el mecanismo actual para estas mediciones, no estuvieron disponibles antes de 1938 aproximadamente. En aquellos casos, tales emociones -el rechazo ampliamente extendido hacia los judíos en Occidente, por ejemplo- no eran obviamente sentidas ni generaban las mismas reacciones en, pongamos por caso, Adolf Hitler y Virginia Woolf. Las emociones en la historia no son ni cronológicamente estables ni socialmente homogéneas, incluso en los momentos en que son universalmente sentidas, como en el Londres bajo los ataques aéreos alemanes, y sus interpretaciones intelectuales todavía menos. ¿Cómo pueden compararse o contrastarse? En pocas palabras, ¿qué pueden hacer los historiadores en este nuevo campo?

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Si el socialismo fracasó y el capitalismo está ahora en bancarrota: ¿qué viene después?

| Eric Hobsbawm |

«Pero una política progresista necesita algo más que una mera ruptura con los supuestos económicos y morales de los últimos 30 años. Necesita una vuelta a la convicción de que el crecimiento económico y el bienestar son un medio y no un fin. El fin es qué hacer con las vidas, las oportunidades de la vida y las esperanzas de la gente. Mirad a Londres. Por supuesto que nos importa a todos que la economía de Londres prospere. Pero la prueba de la enorme riqueza generada en algunas partes de la capital no es su contribución al 20 o 30% del PIB británico sino cómo afecta a las vidas de los millones que viven y trabajan ahí. ¿Qué tipos de vida están disponibles para ellos? ¿Pueden permitirse vivir ahí? Si no pueden, no compensa que Londres sea también un paraíso para los ultra-ricos. ¿Pueden obtener trabajos decentemente pagados o simplemente trabajos de algún tipo? Si no pueden, no fanfarroneemos con todos estos restaurantes con estrellas Michelin y sus chefs estelares pagados de sí mismos. ¿O escuelas para niños y niñas? Las escuelas inadecuadas no se compensan por el hecho de que las universidades de Londres pudieran alinear un equipo de futbol de ganadores de premios Nobel.

La prueba de una política progresista no es privada sino pública, y no se trata solamente de un incremento de renta y del consumo para los individuos, sino de ensanchar las oportunidades y lo que Amartya Sen llama las “capacidades” de todos a través de la acción colectiva. Pero esto significa, tiene que significar, la iniciativa pública sin ánimo de lucro, incluso si sólo fuera mediante la redistribución de la acumulación privada. Las decisiones públicas dirigidas a la mejora social colectiva mediante la cual todas las vidas humanas deberían ganar. Esta es la base de la política progresista, no la maximización del crecimiento económico y de las rentas personales. En parte alguna será más importante que hacer frente al mayor problema que debemos enfrentar este siglo, la crisis ambiental. Sea cual sea el logotipo ideológico que elijamos para ello, significará un mayor desplazamiento del mercado libre hacia la acción pública, un desplazamiento mayor del que el gobierno británico ha llegado a imaginar. Y, dada la gravedad de la crisis económica, probablemente un cambio bastante rápido. El tiempo no juega a nuestro favor.»

Artículo de opinión  completo, vía Sin Permiso.

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La democracia y el pueblo

En resumen, deberemos enfrentar los problemas del siglo XXI con un conjunto de mecanismos políticos espectacularmente inapropiados para lidiar con esos problemas. Se trata de mecanismos que están, en efecto, confinados dentro de las fronteras de unos estados nacionales enfrentados a un mundo interconectado, fuera del alcance de sus operaciones. Aún no está clara la longitud de su radio de acción dentro del vasto y heterogéneo territorio que posee una estructura política común como la Unión Europea. Se enfrentan a y compiten en el marco de una economía globalizada que opera a través de unas unidades harto heterogéneas y para las cuales son irrelevantes la legitimidad política y el interés común, a saber: las corporaciones transnacionales. Sobre todo, se enfrentan a una era en la que el impacto de las acciones humanas sobre la naturaleza y el planeta se ha convertido en una fuerza de proporciones geológicas. La solución, o aun la mera mitigación, precisará de medidas para las cuales, casi con certeza, ningún apoyo podrá encontrarse contando votos o midiendo las preferencias de los consumidores. Esto no mejorará las perspectivas a largo plazo de ninguna democracia en el mundo.

Encaramos el tercer milenio como el irlandés apócrifo que, preguntado por la mejor manera de llegar a Ballynahinch, y tras una breve pausa reflexiva, espetó: “si yo fuera usted, no partiría de aquí”.

Pero aquí estamos, y de aquí partimos.

Eric Hobsbawm | La pista sinpermiso.

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